Los procesos subjetivos de la migración
en la obra literaria de Tahar Ben Jelloun
Julieta PIASTRO
Universidad Ramón Llull, Barcelona
Resumen
Este artículo se propone abordar la dimensión subjetiva de la inmigración a través
de la literatura de ficción de Tahar Ben Jelloun y mostrar que la literatura construye
miradas de la realidad, que por su carácter de representación subjetiva pone el acen-
to en lo más íntimo y singular de la experiencia y, de esta manera, logra penetrar
en la complejidad de lo humano. En la primera parte se explica la relevancia de la
experiencia singular en los procesos sociales, desde la perspectiva del individualismo
metodológico y la literatura como recurso de inteligibilidad de lo humano. En la
segunda parte se recuperan fragmentos significativos de la obra literaria de Tahar Ben
Jelloun, sobre los que se hace un análisis de los sentimientos que entretejen la narra-
ción identitaria de sus personajes inmigrantes, como el deseo, la soledad, la nostalgia,
el miedo y la culpa.
Palabras clave: 1. inmigración, 2. literatura, 3. subjetividad, 4. identidad, 5. Ben
Jelloun
The Subjective Processes behind Migration
in the Literary Works of Tahar Ben Jelloun
Abstract
This article attempts to approach the subjective dimension of immigration through
Tahar Ben Jalloun’s fictional works. It shows that literature constructs a view of
reality that, being subjective by its very nature, highlights the most intimate and
personal aspects of experience and by so doing is able to fathom human complexity.
We begin by examining the relevance of personal experience in the social process
from the perspective of methodological individualism and of literature as a resource
for human intelligibility. In the second part, we draw on significant fragments of
Tahar Ben Jelloun’s literary work in order to analyze the feelings woven into the
fabric of his immigrant characters’ narrative identities, such as desire, loneliness,
longing, fear, and guilt.
Keywords: 1. immigration, 2. literature, 3. subjectivity, 4. identity, 5. Ben Jelloun
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La experiencia singular y subjetiva
Este artículo parte de la premisa de que la literatura es una ex-
periencia de conocimiento y un recurso de inteligibilidad de lo
humano que puede complementar la explicación que aportan las
ciencias sociales sobre los diversos fenómenos que la ocupan. Di-
cha experiencia puede proporcionar una mayor comprensión de
los procesos subjetivos que intervienen en toda acción humana.
No se pretende convertir a la literatura en una teoría o en una
metodología que, a la manera de la ciencia positiva, detecte regu-
laridades y constantes para predecir el futuro. Tampoco se apunta
hacia una ética de la lectura con la que se pretenda mejorar a los
otros (Bloom, 2000). Se trata únicamente de mostrar a la literatu-
ra como una vía de comprensión subjetiva que permite abordar los
fenómenos sociales desde la complejidad de su singularidad. Re-
cuperar la experiencia singular significa reconocer la posibilidad
de encontrar algunas explicaciones de los fenómenos sociales en
los actores individuales. Partimos de una concepción de la historia
que considera que lo social es un ámbito construido principal-
mente por sujetos que actúan, que se proponen finalidades y que
componen el relato de los acontecimientos a través de la recons-
trucción imaginaria (Cruz, 1986).
Nos apoyamos en el individualismo metodológico para desta-
car la relevancia de las acciones individuales en los fenómenos
sociales. Partimos de una de sus tesis centrales, según la cual to-
dos los fenómenos sociales deben ser explicados en términos de
individuos y propiedades de esos individuos, tales como creencias,
deseos, otros estados mentales o acciones, y en las relaciones entre
esos individuos (Yturbe, 1993:68). Si los acontecimientos socia-
les son producto de las acciones de los individuos, la explicación
de dichos acontecimientos requiere una formulación que incluya
también la acción individual.
No se trata de contraponer el individualismo metodológico a las
teorías holistas, sino de reconocer que al abordar la experiencia sin-
gular se le devuelve el carácter humano a los fenómenos sociales, y
específicamente al fenómeno de la inmigración que aquí nos ocupa.
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El interés por recuperar el individualismo metodológico se basa
en el reconocimiento de las siguientes cuestiones: Primero, por-
que nos obliga a revisar la manera de explicar los hechos sociales.
Segundo, porque el hecho de que los individuos estén socialmen-
te construidos no significa que la singularidad pierda su eficacia
como instancia explicativa (Yturbe, 1993:75). Que una propiedad
individual tenga un carácter u origen social no significa que la
comprensión de dicha propiedad sólo se pueda alcanzar por la vía
de su explicación causal.
La dimensión que aquí nos ocupa es la experiencia singular, la
subjetividad, lo propio y específico de cada sujeto. Todo aquello
que la ciencia positiva expulsó del quehacer científico con la pre-
tensión de objetivar y cuantificar todo objeto de conocimiento. Sin
embargo, a partir del giro lingüístico de las primeras décadas del
siglo xx se comienza a reconocer la centralidad que tiene el lengua-
je en el conocimiento de lo humano. Y con ello se abren algunos
vasos comunicantes entre el conocimiento científico y la experien-
cia estética. Entre el conocimiento histórico y la narratividad.
La literatura
La literatura es una forma de conocimiento que desvela, no sólo
los motivos y las causas de sus actores, sino la dimensión subjetiva
de éstos, es decir: sus deseos, sus sueños, sus miedos. El escritor
israelí Amos Oz (2007) considera la literatura como un puente
entre los pueblos, pues a través de ella el lector puede imaginar los
amores, los miedos terribles, la ira y los instintos de otros. La mujer
en la ventana –texto que este escritor pronunció en la ceremonia
en la que recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras– es
una verdadera oda a la literatura como generadora de paz y de
solidaridad entre los pueblos. Y aunque su texto se focaliza en el
conflicto árabe-israelí, la figura que utiliza de la mujer en la venta-
na puede vivir en cualquier lugar del mundo. Al pasar por la calle
sólo podemos verla, mientras que a través de la literatura el lector
está con ella, puede entrar en su casa y en sus pensamientos. “[...]
leer novelas es una de las mejores formas posibles de comprender
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que todas las mujeres, en todas las ventanas, experimentan al final
del día una urgente necesidad de paz” (Oz, 2007:2).
En Orientalismo, Edward W. Said también se plantea la cues-
tión de la literatura, en su caso, con el propósito de analizar el
carácter político que ésta representa. “Con demasiada frecuencia,
se presupone que la literatura y la cultura son inocentes política e
históricamente. Yo siempre he creído lo contrario” (Said, 2002:53).
Efectivamente, el hecho narrativo tiene un valor específico en
la comprensión de los fenómenos sociales y de los acontecimien-
tos históricos, pero también una repercusión sobre ellos, y en esa
medida no es, como señala Said, inocente o carente de ideología.
Al proporcionarnos un acercamiento a los motivos individuales
de un sujeto, la narración nos aporta una comprensión, que po-
dríamos llamar “sensible”, de dichos fenómenos. Una compren-
sión que no sólo involucra a la razón, sino que conoce y reconoce
su carácter emocional y afectivo. Y esa percepción sensible termi-
na impactando en las ideas.
“Lo que yo leía”, escribe Proust, “eran los sucesos que sobreve-
nían en el libro, cierto es que los personajes a los que afectaba no
eran reales [...] pero todos los sentimientos que nos hacen experi-
mentar el gozo o el infortunio de un personaje real se producen en
nosotros tan sólo por mediación de una imagen de ellos” (Proust,
2009:95). Poco importa que esos personajes, sus impulsos y sus
emociones, no sean reales, pues los impulsos y las emociones que
provocan en nosotros sí lo son, a tal punto que modifican el ritmo
de nuestra respiración y la intensidad de nuestra mirada (Proust,
2009). La literatura como acto performativo, entendido a la manera
de Austin, interpela al lector y modifica su experiencia. Esta mis-
ma idea es recuperada por Van Dijk en su Pragmática de la comu-
nicación literaria, en la que considera a la literatura como un acto
de habla en la medida en que no se mide por ser falsa o verdadera,
sino por la repercusión que ésta tiene en el lector (Van Dijk, 1987).
El Romanticismo filosófico y literario incluye la reivindicación
de la experiencia estética como una experiencia de conocimiento,
y en esa medida se cuestiona el camino reduccionista de la ciencia.
A principios del siglo X X, mientras la ciencia buscaba explicar el
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orden del universo y descifrar las leyes generales que regían su
movimiento; mientras la historiografía se empeñaba en imprimir
una continuidad y unidad en la historia; la literatura penetraba
en el enigma de lo humano al recuperar la experiencia singular
e individual de identidades complejas y contradictorias. Ya desde
entonces la literatura se mostró como el espacio narrativo donde la
realidad se desvelaba carente de unidad y de centro. Sus creadores,
escritores desconfiados incluso de la palabra, desilusionados ante
las luces de la razón ilustrada, reconocieron la necesidad de inda-
gar en la caótica multiplicidad de lo humano. Fueron voces que
cuestionaron la existencia de un sujeto unitario desvelando con
ello que lo uno puede ser múltiple (Piastro, 2002).
La reiterada pretensión de los historiadores por elevar a rango
de ciencia su investigación provocó un alejamiento de la historia
moderna respecto a la forma expresamente narrativa. Este aleja-
miento de la narración histórica, entendida como narración de
acontecimientos verdaderos, se produjo como una necesidad de
superar el simple relato de acontecimientos para alcanzar su ex-
plicación. El acontecimiento histórico es despojado de su estatuto
narrativo al ser colocado frente a la disyuntiva de lo universal y
particular, es decir, entre lo que puede mostrar sus regularidades y
sus constantes y lo que enfatiza su carácter singular e irrepetible.
Sin embargo, paralelamente al desarrollo del conocimiento cien-
tífico positivo –que pretendió mostrar el sentido de la historia par-
tiendo de la simplicidad, del reduccionismo y del orden–, el ser
humano construyó una importante experiencia de pensamiento
complejo que arrancó justamente de una historia liberada de senti-
do. De ella emergió una experiencia narrativa capaz de abordar la
complejidad y romper con la simplicidad a la que nos había reduci-
do el discurso científico. Ella logró nombrar mundos propios y ex-
traños, penetrar en identidades contradictorias y en movimiento.
La literatura puede hacer visible lo invisible, puede hacer gritar las
voces acalladas a lo largo de la historia, y de esa manera nos permite
penetrar en lo más íntimo y oculto de lo humano, logrando así que
hable el silencio. La imaginación no es una pura y simple facultad
de desrealización; por el contrario, desde Goethe hasta Baudelaire,
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encontramos, en la capacidad de realización de la imaginación su
potencial realista (Didi-Huberman, 2013). Podríamos decir que el
potencial realista de la literatura consiste fundamentalmente en su
capacidad de generar identificaciones. De esta manera se constituye
como un acto performativo que hace que lo nombrado pase a
formar parte de la propia experiencia del lector. Entendemos como
acto performativo aquellos actos de habla a través de los cuales se
realiza una acción (Austin, 2008). Actos de habla que interpelan al
sujeto y que pasan a constituirlo.
El sentimiento que algunos seres humanos experimentan ha-
cia las emociones de los demás se conoce como empatía. Se trata
de un sentimiento de identificación y proyección que también se
puede desarrollar hacia un personaje de ficción al que el lector o
el espectador le confieren vida. El concepto de empatía viene del
griego empatheia, que significa sentir en o sentir dentro. A princi-
pios del siglo xx, el filósofo y psicólogo Theodor Lipps lo adopta
para hablar de la experiencia estética y para plantear que es jus-
tamente el arte el que posibilita el conocimiento de otros seres a
través de un acto de proyección (Lipps, 1924). Sin embargo, en su
uso cotidiano el concepto se ha banalizado en dos sentidos: redu-
ciéndolo a un sentimiento de simpatía o adjudicándole un poder
casi sobrenatural por el cual una persona logra colocarse en el lu-
gar de otra. Para ser más precisos, en este artículo hemos preferido
referirnos a identificaciones e incluir el concepto de empatía úni-
camente cuando se hace referencia a otros autores que lo utilizan.
En ocasiones, la visión o la lectura de una obra de arte deja tras-
tocado al espectador o al lector, que experimenta un desacomodo
de sus sentimientos cuando irrumpen en él los sentimientos de
otro, que hasta ese momento se consideraba inanimado. Es a esta
forma de irrumpir en el lector, interpelarlo y pasar a constituirlo,
lo que aquí consideramos un acto performativo. No son pocos los
historiadores contemporáneos que han estudiado el papel prepon-
derante que, en este sentido, ha jugado la literatura en la historia.
La historiadora Lynn Hunt sostiene el protagonismo que tuvo
en el siglo xviii la lectura de novelas de género epistolar en la con-
quista de la igualdad social y con ella el nacimiento de los derechos
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humanos. La empatía hacia el otro convierte la diferencia en
igualdad. Cuando el lector experimenta lo que siente el personaje,
trasciende las fronteras de clase, de género y de cultura. Las tres
novelas de identificación psicológica más importantes del siglo
xviii: Pamela (1740) y Clarissa (1747-1748), de Samuel Richard-
son, y Julia o la Nueva Eloísa, de Rousseau (1761), son sin lugar
a dudas una de las formas de sensibilización y de educación de la
sociedad que permitieron el nacimiento de los derechos humanos
(Hunt, 2009:40). El impacto que ejercieron estas novelas en la
sociedad lo podemos corroborar en estudios de historiadores que
han analizado el contenido de las miles de cartas escritas por los
lectores de la época y que desvelan el gran proceso de identifica-
ción que suscitaron (Blom, 2010).
Analizar la inmigración como experiencia singular en los frag-
mentos de una obra literaria como la de Tahar Ben Jelloun nos
aproxima al mundo interior de sus protagonistas, nos ayuda a re-
conocer las causas ocultas, los motivos no explícitos, y nos permi-
te experimentar un sentimiento de solidaridad que trasciende las
diferencias culturales.
Descubriremos en la literatura trozos de historia, fragmentos
de memoria, momentos de identificación y ruptura. Cambios que
nos arrojan sin piedad desde el sentido hacia el sin sentido, pero
también desde la imposibilidad a la posibilidad.
La presencia de los fenómenos migratorios en los textos lite-
rarios se ha incrementado en los últimos tiempos. Castaño Ruiz
publicó un artículo en 2004 en el que da cuenta de la contribu-
ción que puede tener una obra de ficción para comprender los
fenómenos de la inmigración (Castaño, 2004).
Narración identitaria
La forma en la que los seres humanos imprimimos orden y senti-
do al caos de la propia experiencia es la narración. La experiencia
subjetiva se teje a través del lenguaje, dando forma a la narración
identitaria. Para analizar los fragmentos de la obra de Ben Jelloun
sobre los procesos subjetivos de la inmigración, haremos referencia
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a los marcos conceptuales dentro de los que se construye una na-
rración identitaria.
La identidad es una construcción social que se elabora al inte-
rior de determinados marcos conceptuales. Éstos se definen como
el conjunto de recursos teóricos y conceptuales que las personas
tienen a su disposición para interpretar y comprender el mundo y
también para actuar en él (Olivé, 1996). Los marcos conceptua-
les de las identidades incluyen el contexto social, familiar e insti-
tucional en el que se construye una identidad. Pero también las
representaciones que los sujetos hacen de ese contexto a partir de
sus experiencias singulares; por ejemplo, lo que las personas creen
y saben del mundo, las formas en que lo entienden e interpretan,
y sus valores, necesidades, fines y deseos.
La identidad como construcción social se desarrolla en la inte-
racción con otros. Hace falta el reconocimiento del otro para poder
decir yo. No existe un yo sin otro que le devuelva como espejo una
imagen de su yo. Los seres humanos adquieren los lenguajes nece-
sarios para su definición cuando entran en contacto con otros que
son significativos en su historia (Taylor, 1993). Es de esta manera
que la identidad se teje como una narración que se construye en el
diálogo con los otros. La imagen de una persona no es indepen-
diente de lo que otros ven en ella. La narrativa identitaria no sólo
representa lo que los individuos dicen de sí mismos, sino que inclu-
ye también la percepción que se tiene de lo que otros referentes ven
en ellos. El reconocimiento de los otros resulta fundamental en la
construcción de la narración identitaria (Piastro, 2008).
La inmigración
Los procesos de inmigración, además de constituir un fenómeno
social que impacta la economía tanto de la sociedad de la que se
emigra como de la sociedad que te acoge, son historias de vida que
representan un impacto también a nivel emocional y afectivo en
la narración identitaria tanto del inmigrante como de los sujetos
individuales de la sociedad de acogida que establecen una relación
directa con ellos.
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Los medios de comunicación generalmente presentan el “fe-
nómeno” de la inmigración en función de lo que representa para
la sociedad receptora, de los problemas que suscita y/o de los be-
neficios que supone fundamentalmente en términos económicos,
políticos y de seguridad ciudadana. Poco queda reflejado en ellos
lo que representa este fenómeno a nivel singular, poco o nada
podemos conocer a través de ellos a los sujetos que emigran: sus
historias de vida, sus motivos, sus razones, sus deseos, sus mie-
dos. El discurso mediático en relación con la inmigración es un
discurso de alarma. La población espectadora y receptora signi-
fica el fenómeno de la inmigración como una invasión peligrosa
que amenaza la continuidad de la cohesión social existente (Pérez
et al., 2011). Sin embargo, cuando alguna de las personas de la
población espectadora y receptora dice conocer personalmente a
algún inmigrante, su concepción sobre el fenómeno cambia ra-
dicalmente, lo mismo que su representación sobre el fenómeno
global de la inmigración (Pérez et al., 2011).
Algunos estudios desde la psiquiatría han abordado el tema de
la inmigración para intentar dar cuenta de esta dimensión subjeti-
va que aquí nos ocupa. J. Achotegui acuñó en 2004 el concepto de
Síndrome de Ulises para denominar al síndrome del inmigrante
con estrés crónico y múltiple. Según este autor, la soledad, el
miedo y la desesperanza que caracterizan a las migraciones del
nuevo milenio recuerdan los textos de Homero.
Emigrar es un proceso que supone unos niveles de estrés tan
intensos, que en muchas ocasiones llegan a superar la capacidad
de adaptación de los seres humanos. El estrés se entiende como
un desequilibrio sustancial entre las demandas ambientales perci-
bidas y la capacidad de respuesta del sujeto. El síndrome de Ulises
también se caracteriza por un proceso de duelo y por un amplio
conjunto de síntomas psíquicos y somáticos (Achotegui, 2004).
No se trata de crear una etiqueta psiquiátrica, ni de reducir los
procesos emocionales y afectivos de la inmigración a un proceso
de duelo, sino de intentar conocer y poner nombre al sufrimiento
de un inmigrante, sobre todo a ese sufrimiento que se convierte
en síntoma. Los aspectos centrales que destacan los estudios de
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Achotegui, basados en casos clínicos de inmigrantes, coinciden
en gran medida con los que Ben Jelloun desarrolla en sus novelas.
La obra de Tahar Ben Jelloun
Ben Jelloun, escritor y periodista franco-marroquí nacido en Fez
en 1944, emigró a Francia en 1971, donde se doctoró en psiquia-
tría social. Es uno de los escritores de lengua francesa más tradu-
cidos en el mundo y cuenta con una extensa obra, en la que se
incluye novela, ensayo, poesía y artículos periodísticos. Su trabajo
ha abierto camino a jóvenes escritores marroquíes, como Mahi
Binebine, quien en su libro La patera narra a través de relatos la
tragedia de la emigración clandestina desde el norte de África.
Cabe señalar como dato significativo que muchos de los escritores
que han dedicado algunas de sus obras a trabajar el tema de la
inmigración han sido también inmigrantes.
En este artículo se trabaja fundamentalmente con la obra de
ficción de Jelloun, y específicamente con la que alude al fenóme-
no de la inmigración. Analizaremos fragmentos que nos sumer-
gen en la experiencia subjetiva del deseo, la nostalgia, el miedo y
la culpa. Algunas de estas experiencias las contrastamos con la
información obtenida de investigaciones sociales, con el objeto de
mostrar cómo ambas perspectivas no son excluyentes sino que,
por el contrario, al reunirlas, ensanchan nuestro campo de visión
sobre procesos complejos como lo es la inmigración.
Jelloun recurre frecuentemente a narrar los sueños de sus per-
sonajes; de esta manera recrea su mundo interno y permite que
el lector se coloque en una perspectiva privilegiada, desde la que
puede penetrar en el inconsciente de sus personajes y saber de ellos
lo que ni ellos conocen de sí mismos.
La construcción de un deseo
En su obra Partir Ben Jelloun retrata con maestría el proceso de
inmigración de Asia a Europa. Proceso que inicia con la cons-
trucción de un deseo complejo que se forja en un contexto so-
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cioeconómico y político insoportable para sus personajes y que se
transforma en un sueño persistente que crece con la necesidad de
abandonar un país en el que se sienten subyugados, la tierra en la
que han crecido y con la que tienen fuertes vínculos afectivos pero
que ya no soportan. “Partir. Marcharse del país. Se había conver-
tido en una obsesión, una especie de locura que lo mortificaba día
y noche. [...] Partir, abandonar esta tierra que no quería saber nada
de sus hijos, dar la espalda a un país tan hermoso y regresar un
día, ufano y quizá rico. Partir para salvar la vida, aun a riesgo de
perderla” (Ben Jelloun, 2006:21).
Un deseo que se vuelve obsesión en aquel en el que se gesta y
que queda condenado a la soledad, al ostracismo y al destierro,
incluso antes de salir de su tierra. Azel, protagonista de Partir, ha
alimentado ese deseo durante mucho tiempo, pero no se lo cuenta
a nadie. La idea no lo abandona ni de día ni de noche, pero no la
habla. Parece que aunque son muchos los que sostienen el deseo
de partir, hay entre ellos un pacto implícito de silencio, como si las
palabras fueran capaces de impedirles pasar al acto.
En Tánger, el Café Hafa en invierno se transforma en un obser-
vatorio de los sueños y de sus efectos. [...] sentados en las esteras,
con la espalda apoyada en la pared, miran fijamente el horizonte,
interrogándose sobre sus destinos. Miran el mar, las nubes confun-
didas con los montes. Esperan que se enciendan las primeras luces
de España. Las siguen con la mirada, sin verlas, o, a pesar de estar
veladas por la bruma y el mal tiempo, algunos las ven. Todos callan,
atentos (Ben Jelloun, 2006:9).
La posibilidad de lanzarse a la oscuridad del mar, a la oscuridad
de un camino clandestino, secreto, sobre el que no tienen pleno do-
minio, ni pleno conocimiento, se mezcla con un pensamiento má-
gico que los obliga al silencio. Han de estar atentos para ser capaces
de interpretar las señales que vienen de “ella” y saber si ha llegado
el momento. Los personajes han puesto nombre a la incertidumbre
que les aguarda en el mar. No esperan las noticias meteorológicas;
aguardan una señal que es casi interior, una intuición que les permi-
ta discernir si es ése el momento adecuado para partir.
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Quizá ella aparezca esta noche, hable con ellos, les cante la canción
del ahogado convertido en estrella de mar cernida sobre el Estrecho.
Se han puesto de acuerdo para no nombrarla. [...] Le han puesto el
apodo de “Touttia”, una palabra que no significa nada, pero ellos
saben que es la araña que devora la carne humana o una bienhechora
cuando se transforma en voz y les advierte que esa noche no es la
indicada; deberán postergar el viaje (Ben Jelloun, 2006:9).
El objeto de ese deseo está muy cerca, sólo 14 kilómetros; el
deseante puede ver sus luces, su brillo, y acariciar ese lugar que se
yergue a lo lejos como un paraíso.
El deseo de emigrar pasa de generación en generación, como si
formara parte de la memoria genética. Hay quienes lo alimentan
desde pequeños, y en ellos se transforma en una obsesión que en-
tra en los sueños y lo perturba todo: “[...] qué quieres ser de mayor?
–¡Marcharme!– ¿Marcharte? Eso no es un oficio. –Cuando consiga
marcharme tendré un oficio. –¿Marcharte adónde?– A cualquier
lugar, allí enfrente, por ejemplo. –¿A España?– Sí, a Spania o a
Fransa, en sueños vivo allí” (Ben Jelloun, 2006:90). Malika, que
con tan sólo 14 años ha tenido que dejar de estudiar para ponerse
a trabajar, y se ha convertido en lo que se conoce como niñas
peladoras de gambas. Niñas que trabajan en una fábrica holan-
desa pelando gambas todo el día. Gambas cocidas, pescadas en
Tailandia y procedentes de Holanda. “En Tánger, unas manitas
de dedos finos las pelaban día y noche” (Ben Jelloun, 2006:90). Se
trata de una realidad que ha sido silenciada por los medios de
comunicación y a la que ahora podemos conocer en profundidad,
no sólo en la obra de ficción de Ben Jelloun, sino en un reciente
ensayo del periodista Juan de Sola titulado “La cara más dura de
la Esperanza”. “Pocas eran las que podían pelar más de cinco kilos
diarios. Malika, en todo caso, nunca lo había conseguido [...] Por
la tarde regresaba a su casa con cincuenta dirhams que entregaba
a su madre. Se quejaba del frío, y sus dedos se habían vuelto casi
insensibles” (Ben Jelloun, 2006:90). “Sus dedos son capaces de
soportar 15 horas desnudando gambas”, escribe el periodista De
Sola. El caso que él explica es el de Noura, una chica de 18 años
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a la que entrevista, que lleva trabajando en el puerto de Tánger
como peladora de gambas desde que tiene 11 años. “Tiene que
pelar entre cinco y seis kilos durante la jornada, y no puede salir
de ahí hasta que no se aproxime a esta cantidad. Cada kilo se
traduce en 12 dirhams, aproximadamente un euro. Difícilmente
logra algún día ver el sol” (De Sola, 2014).
A pesar del drama que esta realidad representa, no existen mu-
chos otros lugares donde uno pueda documentarse al respecto. La
fuente más antigua parece ser la novela de Ben Jelloun. En Internet
prácticamente no se encuentran noticias al respecto, salvo en algu-
nos blogs de organizaciones no gubernamentales. En este caso, la
obra de Jelloun representa no sólo una posibilidad de comprensión,
sino también de conocimiento de una determinada realidad.
El miedo
Como ya ha sido apuntado, los sueños son una perspectiva pri-
vilegiada para penetrar en el inconsciente de sus personajes. En
los sueños de Azel aparece una mirada estremecedora sobre el
estrecho de Gibraltar, donde su primo había perdido la vida in-
tentando llegar a España. “[...] ve su cuerpo desnudo junto con
otros igualmente desnudos, hinchados por el agua de mar, con
el rostro deformado por la espera y la sal [...] ha decidido que el
mar que ve frente a él tiene un centro [...] un círculo verde, un
cementerio donde la corriente se apodera de los cadáveres para
arrastrarlos al fondo” (Ben Jelloun, 2006:11). Esta imagen litera-
ria no proviene de la fantasía; se trata de una visión que evoca un
hecho ahora cotidiano en Europa. En el transcurso de escritura
de este artículo, dos tragedias de migración se han sucedido en
Europa. En octubre de 2013 tuvo lugar el trágico acontecimiento
de Lampedusa, Italia, en el que se calcula, según la portavoz de la
Cruz Roja de Italia, que murieron 130 personas. El 6 de febrero
de 2014 mueren 15 personas migrantes en Ceuta, atacadas por
la Guardia Civil al tratar de entrar en territorio español. Amnis-
tía Internacional (2014) denuncia: “[...] miembros de la Guardia
Civil dispararon balas de goma contra un grupo de inmigrantes
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que trataban de llegar a Ceuta por mar desde Marruecos. 15 per-
sonas han muerto y un grupo de 23 personas que alcanzaron la
playa fueron obligadas a cruzar la frontera y volver a Marruecos
sin ningún tipo de procedimiento legal”. Los medios de comu-
nicación aun retransmiten las imágenes grabadas en directo, no
hay palabras, casi nunca se pregunta a los inmigrantes qué ha
pasado, qué piensan, qué sienten. Ben Jelloun pone palabras a
las voces acalladas por los medios de comunicación, que saben lo
que el discurso del poder no quiere que sea dicho. Sus personajes
explican algunos de los pensamientos y sentimientos de aquellos
hombres, de aquellas mujeres, de aquellos niños, que si logran
sobrevivir entran en territorio español: “Saltar por el mar del Es-
trecho, convertirse en una sombra transparente, visible sólo de
día, una imagen que navega vertiginosamente sobre las olas (Ben
Jelloun, 2006:12). Ficción-realidad, realidad-ficción, son todos
personajes que desean hacerse invisibles para no ser descubiertos,
sin saber que, muy probablemente, si logran su propósito pasarán
a formar parte de una sociedad en la que se consolidará su condi-
ción de invisibles.
Pero muchos no llegan, se quedan en medio de las dos aguas.
“[...] Allí, en ese círculo preciso, existe una frontera movediza,
una especie de línea de separación de las dos aguas, las del Medi-
terráneo, calmas y lisas, y las vehementes y vigorosas del Atlánti-
co” (Ben Jelloun, 2006:11). Allí había perdido la vida su primo,
se había ahogado en una travesía en la que los hombres de Al Afia
habían sobrecargado la patera. Una noche de octubre igual que la
noche del jueves 3 de octubre de 2013 en Lampedusa.
“Las imágenes difundidas por el Canal Sur de los cuerpos flo-
tando en el mar, habían puesto (aparentemente) fin a la ilusión de
partir. Malika había contado los cadáveres, imaginándose víctima
a su vez de aquella desgracia” (Ben Jelloun, 2006:108). Pero no
dejaba de soñar; por el contrario, atesoraba sus sueños, los escri-
bía, los clasificaba. En el sueño número uno, que es azul, Malika
se sienta en un columpio suspendido entre el cielo y la tierra, des-
de donde puede ver las costas marroquíes. Se hace de noche y
Malika da la vuelta al columpio, de espaldas a Marruecos.
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Otra fuente que alimenta el deseo de partir son las voces que
llegan de lejos, voces que los llaman desde el otro lado del estrecho.
Lo que ha sido denominado por los medios de comunicación y en
la política el efecto llamada. Voces que no cuentan su verdad por-
que se avergüenzan de ella. Todo está bien, esto es fantástico, ya lo
verás, cuentan por teléfono mientras que la realidad es cruda. “[...]
se dijo que el paraíso con el que él había soñado no podía parecer-
se a aquel cuartucho en el último piso de un gran edificio, a esa
soledad que le impedía conciliar el sueño” (Ben Jelloun, 2006:69).
Para el lector de diarios, los inmigrantes son indocumentados,
ilegales, espaldas mojadas, mercancía humana transportada por
traficantes de personas. Para el lector de Jelloun, son Azel, Ma-
lika. El amplio repertorio terminológico utilizado por los medios
de comunicación para referirse al inmigrante refleja la intención
de invisibilizar la dimensión humana (Nash, 2005:38). Mientras
que en la narración literaria cada uno de ellos tiene un nombre,
una vida antes de partir y al llegar. Un mundo de identificaciones
que conforman su narración identitaria.
Nostalgia versus integración
Cuando un sujeto emigra, se aleja del contexto donde tejió su
texto identitario. Se desplaza con un texto que inmediatamente
se ve trastocado por el nuevo contexto. El arduo trabajo de ela-
boración que supone este proceso en muchas ocasiones aparece
en forma de nostalgia: “[...] echo de menos mi país, sus olores,
los perfumes de la mañana, los ruidos [...] el calor del cielo y el
calor humano, me siento dividido [...] echo de menos Tánger y me
cuesta confesarlo, dominar este sentimiento nostálgico y ridículo”
(Ben Jelloun, 2005:50-51). La nostalgia generalmente impide que
un inmigrante decida que se quedará en el país de acogida para
siempre. Este complemento circunstancial es demasiado fuerte in-
cluso para ser pensado. Y el sentirse siempre de paso, siempre de
manera provisional, le impide construir día a día un escenario
para su integración.
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Las contradicciones que provoca en el inmigrante el nuevo con-
texto lo atormentan. Echa de menos a su país aunque vivir en él
le resulte insoportable, y no entiende ni se acostumbra a lo nuevo.
Dice el personaje de Mamed, marroquí asentado en Suecia: “He
conocido a algunos marroquíes, la mayoría de ellos exiliados, no
hablan más que de Marruecos [...] están enfermos de nostalgia [...]
No paran de quejarse por haberse venido a Suecia [...] no están
contentos ni satisfechos, se sienten desgraciados” (Ben Jalloun,
2005:51). En muchas ocasiones la sociedad receptora no entiende
esa incomodidad; interpretan la nostalgia como desagradecimien-
to, sin comprender que el inmigrante está literalmente escindido,
puesto que al desplazarse ha abandonado los referentes de su pro-
pia narración identitaria. Aquellos marcos conceptuales dentro de
los que se formaron sus vínculos afectivos más significativos, sus
creencias, sus costumbres e incluso su deseo de emigrar.
El inmigrante se aferra a la memoria de un contexto en el que
tejió su texto identitario, y es esa memoria lo único que le permite
mantener el frágil equilibrio que lo sostiene. “Tengo que conse-
guir un equilibrio entre el país de la democracia ideal y el de la
corrupción generalizada [...] entre la soledad [...] y la invasión fa-
miliar [...] he decidido hacer malabarismos que consisten en no
perder el alma y a la vez aprovecharme de los logros de la demo-
cracia” (Ben Jelloun, 2005:51).
La construcción de nuevos vínculos afectivos, de nuevos refe-
rentes significativos con los cuales volver a tejer un texto, una
narración identitaria, en el nuevo contexto. Cuando se trata de
personas que han migrado de mayores, este proceso se vuelve
complejo, por no decir imposible. Para ellos la inmigración ha
significado una lucha por la supervivencia económica que no ha
dejado tiempo para la socialización ni para la integración.
Los hijos de esos inmigrantes construyen vínculos con mucha
más facilidad. Aunque en ocasiones éstos se construyen sobre la
negación de su propia historia familiar, sobre el rechazo de una
imagen de dolor y derrota. “[...] no me gustaría parecerme a ti”
–dice el hijo de un personaje de El retorno a su padre Mohamed,
emigrado de Marruecos a Francia– “no, en absoluto, tú estás ahí y
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ni se te ve [...] Me contemplé durante un buen rato en el espejo y no
llegué a entender por qué aquel crío no quería parecerse a mí. [...]
Soy limpio, no hago daño a nadie, cumplo con mi trabajo lo mejor
que puedo, soy fiel a Dios y a mi deber” (Ben Jelloun, 2011:43). La
comunicación se dificulta no sólo por la existencia de una brecha
generacional, sino también por una distancia cultural. En la novela
El retorno Ben Jelloun retrata el proceso en el que los hijos de Mo-
hamed, que se educan en Francia, se van alejando de él, de su madre
y de su forma de concebir el mundo. Para ellos, la necesidad de
integrarse al nuevo contexto pasa por la negación, la intolerancia y
el desprecio de sus progenitores. Los padres, por su parte, incapaces
de entender dicho proceso, buscan recuperarlos, primero por la vía
de la autoridad y después por la súplica. Al no lograrlo, al ver que ni
tan siquiera consiguen reunirlos en torno suyo, Mohamed entra en
una profunda depresión y pierde las ganas de vivir.
En el caso de las mujeres marroquíes musulmanas que emi-
gran, la reconstrucción de su texto identitario no pasa tanto por la
edad como por su estado civil. La mujer de Mohamed, que emigra
con él, “era buena mujer, analfabeta pero inteligente, resuelta y
ahorrativa. Nunca se enfada [...] sirve a su marido sin rechistar...”
Ella sabía lo que le había sucedido a Lubna, una joven de su pue-
blo, que al sentirse identificada con las mujeres francesas se rebeló
y se negó a cocinar, limpiar y servir al marido. Él la golpeó, ella
lo denunció, él lo negó, y ella terminó de nuevo en Marruecos,
repudiada y sin pasaporte, porque su padre se lo había quemado
como castigo. Se trata de dos imágenes muy distintas de mujeres
inmigrantes marroquíes que aparecen en las obras de Ben Jelloun
y que nos desvelan el miedo que una mujer puede experimentar o
el castigo al que puede llegar a ser sometida. En la obra de ficción
de este autor aparecen muchas otras imágenes de mujeres que vi-
ven los conflictos de la migración. Siempre son algo más que un
estereotipo, tiene un nombre, una historia, una vida. Han tenido
una infancia y una familia. Y son ellas mismas las que explican su
deseo de partir y sus conflictos al llegar.
La comprensión que nos proporciona la obra de Ben Jelloun
contrasta con la representación mediática de la mujer inmigran-
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te, en la que ésta queda reducida a estereotipos culturales que
destacan el exotismo y el retraso cultural. En Internet podemos
corroborar cómo funcionan los estereotipos sobre la mujer inmi-
grante. La imagen erótica de latinas y eslavas, la imagen velada
de mujeres árabes o musulmanas, la representación folklórica y
colorida de las africanas (Vives, Nash y Benach, 2011).
Conclusiones
Hemos visto cómo en diversos momentos de la historia la novela
de ficción ha tenido un papel fundamental, no sólo en la com-
prensión de ciertos fenómenos, sino en la configuración de los
mismos. La identificación que puede crear la literatura genera los
mecanismos a través de los cuales la ficción entra en el orden de lo
real, mostrando así su poder performativo.
La obra de Ben Jelloun contribuye a la comprensión de los pro-
cesos subjetivos de la inmigración. Por un lado, complementa los
resultados de investigaciones sociales y, por el otro, contrarresta la
deformación de las representaciones mediáticas en relación con la
inmigración. Las novelas de Jelloun nos permiten penetrar en la
intimidad de personajes muy diversos y a través de ellos conocer
cómo se gesta y desarrolla el deseo de emigrar. Sus novelas tienen
un fuerte carácter psicológico, ya que ponen el acento en los pro-
cesos subjetivos de sus personajes. Su conocimiento de la psique
humana hace que el autor maneje con gran maestría los procesos
emocionales de sus personajes, y por eso en algunos momentos la
lectura se vuelve desgarradora propiciando el proceso de identifi-
cación al que nos hemos referido en este artículo. El lector sabe lo
que el personaje hace, pero también lo que siente, y de esta mane-
ra su experiencia como lector se vuelve real.
Los fragmentos de la obra de Ben Jelloun nos muestran cómo
en unas cuantas líneas de literatura de ficción se puede arrojar un
poco de luz en la comprensión de los procesos subjetivos del ser
humano. Este artículo es sólo una pequeña contribución a lo que
Rousseau ya había demostrado en el siglo xviii: que la literatura
de ficción puede destruir prejuicios de clase social y de género.
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La revisión que se ha realizado en este artículo nos permite
afirmar también que la literatura puede desarrollar y educar la
sensibilidad del lector, proporcionándole una mayor comprensión
de la diversidad y la diferencia. En el texto de Amos Oz, descu-
brimos también la literatura como posible generadora de paz y de
solidaridad entre los pueblos.
De esta manera, la literatura se desvela como una forma de
comprensión de los procesos subjetivos con un gran potencial
transformador, por el cual se podría pensar en reconstruir las de-
mocracias tan fuertemente dañadas en este nuevo siglo. Aunque
este último punto abre una nueva brecha de investigación, parece
viable plantear esta cuestión si partimos del reconocimiento de
que los países más democráticos en la actualidad son los que tie-
nen mayor índice de lectores.
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Ciudadanos extranjeros
Foreign Citizens
Ana Paula PENCHASZADEH
Universidad de Buenos Aires
I
Lampedusa es un espejo. Un espejo del horror que acontece en las
puertas de la democracia, en sus fronteras. Tal vez hoy, más que
nunca, es claro que el proceso de democratización, como proceso
histórico abierto a la irrupción del otro (de aquel y aquella que aún
no forman parte de la cuenta de las partes de la comunidad políti-
ca, como diría Jacques Rancière), necesariamente tiene que poder
avanzar sobre las fronteras. ¿Qué relación hay entre las muertes en
las costas de Europa y la necesidad de extender los derechos políti-
cos de los extranjeros? A primera vista, ninguna. Pero analicemos
con mayor detenimiento el asunto que aquí nos convoca.
En otros textos he insistido en la importancia de dirigir la mi-
rada hacia las matrices sacrificiales que definen la pertenencia
en las democracias actuales (Penchaszadeh, 2012). He intentado
mostrar que la ausencia de un fundamento último para dar co-
herencia al orden social guarda una íntima afinidad con la cons-
trucción de ciertas figuras, en especial la de los extranjeros, como
chivos expiatorios. Éste, efectivamente, representa un límite para
la democracia. No importa cuán consolidada esté, basta que surja
cualquier problema para que la culpa se dirija rápidamente hacia
los extranjeros, volviéndose causa necesaria y única de todos los
males que aquejan a la sociedad (el desempleo, la violencia, la de-
lincuencia, el narcotráfico, la trata de personas, la saturación de
los servicios públicos, el problema habitacional, la inseguridad,
etcétera). En este sentido, ¿qué se puede hacer? ¿Es la hostilidad
hacia los extranjeros el destino de toda democracia?
nota crítica/essay
[243]
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En primer lugar, habría que aceptar esta simple evidencia:
“No hay hospitalidad sin hostilidad”, de ahí que Jacques Derrida
(2000) prefiera hablar de hostipitalidad. En segundo lugar, a la
aceptación de esta evidencia debe seguirle un compromiso activo
para trabajar en su ruina o desactivación, pero ¿cómo? He aquí
una propuesta, pequeña e insignificante, pero interesante por los
procesos de subjetivación que supone: extender los derechos polí-
ticos de los extranjeros.
Lampedusa y los debates sobre la extensión de los derechos po-
líticos. Ulises en el centro de la escena, el viajero mítico de la
Odisea por su carácter “ejemplar” nos puede dar una pista. En
España, el doctor Joseba Achótegui (2009) definió y puso nombre
al estrés crónico y múltiple que sufren los migrantes a la hora de
instalarse en un nuevo país: el síndrome de Ulises.
Ésta sería una primera cara de Ulises. Pero habría otra posible,
una cara que nos permitiría unir a Lampedusa con los debates
sobre la extensión del derecho al voto de los extranjeros: se trata
de Ulises frente al canto de las sirenas. De una medicalización del
migrante, de sus padecimientos sin fin, del arcano sacrificial que
éste habilita y permite pensar, de su vínculo con el incesto y la
huida, a un trabajo “farmacológico” o de “psicoanálisis político”
sobre los bordes de la democracia.
Las deudas de nuestras democracias necesariamente se dirigen
hacia los extranjeros. La historia nos muestra el carácter endeble
de esta figura, sus traumas, sus sufrimientos (que bien podrían
servir para entender por qué se ofrecen ellos como prendas sacri-
ficiales); pero, por otro lado, esta historia nos invita a trabajar en
cierta política que es consciente de los procesos de perversión/per-
feccionamiento de una democracia por venir. Una política pru-
dente y razonable tiene que poder prever el canto de las sirenas,
atarse de manos y pies, pues las crisis vendrán y los extranjeros
serán nuevamente sacrificados.
He aquí el argumento: los derechos políticos de los extranjeros
son fundamentales porque las sociedades democráticas siempre des-
cargarán su ira e impotencia sobre esta figura. Una sociedad demo-
crática no extiende los derechos políticos a los extranjeros porque es
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democrática, sino porque eventualmente puede no serlo. El canto
de las sirenas es esa sed irracional y pulsional que empuja a las socie-
dades (especialmente en tiempos de crisis) a la búsqueda de carneros
sacrificiales; el mástil son los derechos políticos. Esos derechos que
deben extenderse, no porque existe un sujeto político que los recla-
me, sino justamente porque tal sujeto político no existe.
II
El carácter móvil de la comunidad humana habilita una interro-
gación extraña y extranjera a la política tradicional y a la forma en
que ésta concibe sus fronteras. Existe un fuerte vínculo, denun-
ciado casi siempre desde el conservadurismo pero aun así muy
productivo, entre migraciones y anarquía, entre las migraciones y
una política confrontada a la ausencia de un fundamento último
(y tranquilizador) que le dé sustento.
Los extranjeros, “aquellos que llegan hoy para quedarse maña-
na”, permiten interrogar y poner en cuestión uno de los pilares
básicos de la comunidad política: la pertenencia. Si la democra-
cia, como forma política radical, guarda una gran afinidad con
la incertidumbre y la anarquía (de ahí el odio que los teóricos
políticos de Occidente han experimentado hacia ella), la pregun-
ta por el extranjero es la pregunta por el origen negado de toda
identidad y pertenencia como supuesto (a priori y natural) de la
vida-con-otros: ¿Dónde empieza y dónde termina la comunidad
política? ¡Ah, he aquí la pregunta que la democracia deja abierta
y en la que el extranjero se toma su revancha! Tanto para los que
se han ido, para los emigrantes (cuando no, exiliados) que siguen
participando en los asuntos de su comunidad, como para los que
han llegado, los inmigrantes que vienen a interrogar la supuesta
homogeneidad del “pueblo”, la condición de movilidad tiene la ca-
pacidad de dislocar la política y de contravenir el cálculo soberano.
Los extranjeros siempre han sido asociados a una anarquía que
amenaza a los conjuntos sociales. Lamentablemente, muchas ve-
ces los argumentos de aquellos que defienden los derechos de las
personas migrantes refuerzan la retórica opuesta y sostienen que
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los extranjeros son un bien para la comunidad que los acoge: lle-
vando así el problema a un terreno instrumental y, por lo tanto,
solapando la politicidad que encierran aquellos que se encuentran
“fuera de lugar”. Sin embargo, pareciera ser necesario “levantar
el guante conservador” e interrogar muy seriamente la afinidad
entre migraciones y anarquía, reubicándola en una nueva conste-
lación singular y uniéndola a la radicalidad política y democrática
de la comunidad humana como comunidad en movimiento.
Si bien existen algunos estudios serios que muestran que los ma-
les sociales generalmente no vienen de afuera sino que se desenca-
denan desde adentro (de ahí la necesidad de pensar la democracia
en el horizonte de la autoinmunidad),1 los extranjeros encarnan
muchas veces la exterioridad que hace posible la vuelta a sí sobre
sí de la comunidad que lo acoge (es decir, apropiarse de una iden-
tidad que no les pertenecía). La construcción de los inmigrantes
en la cara visible del mal siempre encaja para el sentido común
conservador. Y efectivamente, se podría pensar que el carácter
móvil de la comunidad humana viene a contrariar (cada vez) el
cálculo soberano, especialmente cuando las masas desahuciadas
no solamente se convierten en mano de obra barata y en ejército
de reserva, sino en sujetos de derecho que cuestionan el orden
preestablecido. Es preciso invertir aquí, entonces, críticamente, los
argumentos: la unión entre anarquía y migraciones hunde sus raí-
ces en la anarquía del sistema tardo-capitalista: “el secreto nunca
está mejor guardado que en su exposición”, diría Jacques Derrida.
Si existe un vínculo productivo entre migraciones y anarquía es
porque los grandes procesos de movilidad territorial sólo pueden
comprenderse en el horizonte de un sistema económico anárquico
que obliga a las personas a abandonar sus casas y dejar atrás sus
1 En este punto, cabe remarcar las distintas investigaciones que ha realizado la
OIM, a pedido y con el apoyo de distintos países, para evaluar el impacto real de las
migraciones a partir del cruce de datos macroeconómicos y demográficos. La serie
Cuadernos Migratorios de la OIM constituye un buen ejemplo de publicaciones que
buscan, sobre la base de datos objetivos y concretos, desarmar prejuicios xenófobos
y promover políticas públicas orientadas a la integración de los colectivos migrantes.
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países. Siempre se habla del derecho a migrar y raras veces se in-
siste en el derecho a no migrar.
¿Por qué deberían votar los extranjeros? ¿Por qué debería vo-
tarse en el extranjero? Estas preguntas, formuladas de esta ma-
nera, necesariamente remiten a la forma en la que hasta ahora se
ha concebido la política y sus fronteras: en términos territoriales,
soberanos y, por sobre todas las cosas, exhaustivos. La idea es
que nuestro mundo, ciertamente uniforme, incluye en algún lu-
gar, política y universalmente, al conjunto de seres humanos que
lo habitan. Aquí no sólo no hay lugar para un no-lugar (es decir,
para comprender los procesos de expulsión de personas y grupos,
de desnacionalización, que forman parte del pasado y presente
de los Estados-nacionales: ¡basta con mirar el plan de desnacio-
nalización masiva del gobierno de la República Dominicana, en
pleno siglo X XI!). Tampoco hay lugar para una multiplicación
de los lugares en los cuales podría integrarse eventualmente una
persona (como si este derecho debiera ser excluyente y nunca
jamás superponerse con derechos equivalentes en otros lugares).
Nuevas amalgamas, entonces, para la ciudadanía: integración en
múltiples niveles, ciudadanías que se montan unas sobre otras y
nos recuerdan el carácter histórico, variable y contingente del
artificio humano. Procesos de territorialización de la política,
“acá vivo, acá voto”; procesos de desterritorialización de la políti-
ca, “allá vivo, acá voto”.
La pregunta que podríamos dirigirnos es: ¿Cómo podemos
pensar juntos, archipélicamente, la integración en la diferencia?
El mar como lo que nos une, ahí donde se abisman los cuerpos
inertes de los entenados del mundo y donde, también, comienza
el principio de unión de Todo-Mundo, según la magnífica fórmula
de Édouard Glissant. ¿Somos capaces de multiplicar las dimensio-
nes de la integración (diciendo residencia y nacionalidad, esto y lo
otro, al infinito, evitando así las lógicas duales al estilo esto o lo
otro)? ¿Es posible pensar una integración abierta, que interrogue
cada vez el carácter selectivo de la identidad y las sombras que ésta
necesariamente proyecta?
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